18 May Entender al niño

Educar a un hijo es, probablemente, la tarea más complicada de las que afronta el ser humano a lo largo de su vida adulta. Quizá, por la imposibilidad de controlar buena parte de los factores implicados. Por la exigencia de constante cambio y adecuación que el desarrollo del niño supone para el que educa. Y, quizá también, por la insuficiente actualización de los conocimientos y métodos educativos en la sociedad. Que a pesar de poseerlos, no se vale de ellos y sus individuos seguimos aprendiendo a educar por tradición oral o por experiencia personal. Y no por un conocimiento científico del ser humano y su desarrollo.

 

Para que se entienda, educar es difícil porque hay muchas circunstancias que no dependen del que educa, porque para educar hay que cambiar al ritmo que crece el niño,  y es muy rápido; y porque nuestra idea de lo que es un niño y cómo ayudarle a crecer está llena de mitos, prejuicios, falsedades y contradicciones.

 

A veces los padres se ven obligados a luchar por su hijo, sin ayuda. O mejor dicho, con una ayuda que termina por no ayudar, sino por empeorar la situación. Luchamos contra viento y marea porque con un hijo no cabe, o no debería caber, la renuncia. Y no es que los padres deban recibir ayuda; sino que, a veces, a los padres se les aboca a resolver problemas que deben ser resueltos por todos los adultos responsables de la educación de ese niño de forma coordinada. Problemas que no pueden resolverse con una actuación educativa exclusivamente familiar.

 

En un sistema educativo de calidad, la conducta disruptiva de un niño (portarse mal) debe ser interpretada como una señal de conflicto. Como un desfase académico o madurativo, un problema familiar, una enfermedad, un problema de relación con el grupo y otros muchos que pueden ocurrirle a un niño. En un sistema educativo de calidad, las soluciones pasan por poner en marcha un protocolo de actuación que rescate al niño y le integre de nuevo. En un sistema educativo sin calidad, el niño termina estigmatizado, desplazado y empujado a la marginación, al subdesarrollo y a la pobreza, en sus distintos grados.

 

El ser humano no está evolutivamente preparado para desarrollarse en condiciones de rechazo y exclusión. El niño, por sí mismo, no puede reconducir su comportamiento para adaptarse al grupo, y mucho menos si tiene que hacerlo desde fuera del grupo y recibiendo más rechazo cada vez que intenta entrar y se equivoca.

No deberíamos formar a nuestros hijos permitiendo que otros se queden por el camino. Pero lo hacemos.

 

Aquellos que detentan responsabilidad política sobre sistema educativo y sobre el desarrollo social, deberían tener como primer objetivo, evitar que se nos pierdan tantos niños, que tantos niños se sientan fracasados, rechazados durante su infancia, sin la educación y la formación adecuadas para vivir en un mundo moderno y globalizado. Los datos tampoco nos dejan en buen lugar y los medios se hacen eco de la situación. Ver noticia. (1)

 

Invertir en los niños es invertir en nuestro propio futuro. Con la educación que les pagamos tendrán que pagarnos la pensión…

 

Esta es la historia de Marino, o del intento de salvar a un ruiseñor, hoy tiene 12 años.

7 de la tarde en un parque cualquiera, Marino, un niño de 2 años juega en el tobogán. Su padre habla con los vecinos…

Padre: … tienes razón, no hay derecho. A ver si tiene suerte y sale la cosa bien… ¡Marino, ven, nos vamos a casa!

El niño oye a su padre, corre hacia él y se detiene a 5 metros.

Padre: Venga, Marino, nos vamos.

Hijo: ¡No! ¡No quiero!

Padre: ¿Cómo que no? ¿Ya estamos? Dame la mano.

Hijo: ¡No! ¡No quiero!

Padre: ¿Adónde vas? Vuelve ahora mismo. Este niño no hace caso… Es que le llamas y como si nada.

Vecina: ¡Vaya! Parece que te ha salido rebelde…

Padre: ¡Marino! He dicho que vengas…

El niño niega con la cabeza.

Padre: ¡Me voy! Ahí te quedas… Si viene un señor y te lleva…

El padre comienza a andar, el niño continua en el columpio, y al ver que no le sigue.

Padre: Mira, no te lo digo más, ven aquí ahora mismo. Te voy a dar un azote…

El niño, viendo a su padre tan enfadado vuelve a acercarse a 5 metros.

Padre: Vamos, que nos tenemos que ir a casa, tienes que bañarte, cenar y acostarte.

Hijo: ¡No! Quiero jugar.

El padre intenta cogerle por el brazo, el niño se zafa y sale corriendo, el padre va detrás de él.

Padre: ¡Que vengas! Como te coja… ¡Sin vergüenza! Nada, si es que da igual, no hace caso. Chica, perdona, no sé qué voy a hacer con este niño, tiene que salirse con la suya. ¿A quién habrá salido…? Pues, eso que me cuentas de tu hermana es una…

¿Porqué padre e hijo no se van a casa juntos cuando corresponde? 

 

Esta es una situación que puede verse habitualmente entre padres e hijos. En ella se unen varios factores a tener en cuenta:

  1. La situación, probablemente, se ha producido antes con resultados parecidos.

  2. El niño se encuentra en un momento evolutivo en el que está descubriendo y aprendiendo a utilizar el “no”.

  3. El niño se encuentra en un momento evolutivo en el que está desarrollando su psicomotricidad y corre cuando se le persigue.

  4. El niño sabe lo que le espera en casa y prefiere jugar.

  5. El padre, ignora o no tiene presente los puntos anteriores.

  6. El padre se siente observado y juzgado por los otros padres.

  7. El padre considera que el factor fundamental que explica la conducta del niño es su forma de ser, su carácter o su personalidad.

  8. La conducta del padre es el factor fundamental para moldear la conducta del niño en esta situación.

Es normal que los niños de esta edad, se nieguen a seguir el plan previsto por sus educadores, que tengan rabietas cuando se les obliga a seguir el ritmo, que se nieguen a andar o a estar sentados cuando se les pide. Manejar este tipo de situaciones y llevarla a buen puerto puede ser tan fácil como difícil.

 

Algunos padres, o algunas veces, normalizan con facilidad este tipo de comportamientos, ignorando las negaciones del niño, mientras cambian de tema para que el hijo se acerque, y se vaya a casa sin casi darse cuenta. O para cogerle y evitar que se escape, y vaya aprendiendo a seguir las instrucciones aunque proteste, llore, sufra o diga palabras feas. Para que madure y se vaya aprendiendo a identificar el límite de las cosas. Para que incorpore que “Nos vamos” es igual a “Nos vamos”.

 

Otros padres, u otras veces, actúan como el del ejemplo. Informan al niño cuando está lejos, dándole la posibilidad de negarse. Verbalizan la conducta no deseada y etiquetan a los niños. Dan la instrucción para después renunciar a ella. “Nos vamos” es igual a “Nos quedamos un rato más.”

Los primeros 5 años de edad son los más apropiados para instaurar unos límites adecuados en la relación padres e hijos. Esto no quiere decir que una vez instaurados deje de ser necesario seguir trabajándolos pero lo que sí producen es un mayor autocontrol, una mayor madurez y una mayor facilidad para enseñar al niño todo lo que necesita ir aprendiendo.

 

Marino, no es culpable, su padre tampoco. Los dos han aprendido a actuar así en relación con las personas de su entorno. Suelo decir a mis clientes que no soy abogado y esto no es un juicio. No hay culpables. Tiene más que ver con un insuficiente desarrollo cultural y social para entender el comportamiento, el desarrollo del ser humano y el papel del educador. Aprendes aquello que te enseñan, aprendes el modo de vivir de los que te rodean.

Pero Marino, estaba aprendiendo a oponerse y a utilizar el “no” con más frecuencia de la estrictamente evolutiva. Estaba, además, entrando en conflicto con los adultos. Puede que su padre, malinterpretara la situación y pensara que Marino no le quería o que tenía algún problema. Y es probable que Marino pensara que su padre no le quería.

 

Al cabo de dos años, todo el colegio conoce a Marino como “el niño malo”, su profesora no le comprende, no le muestra su cariño y le utiliza, ante a los demás, como ejemplo de lo que no hay que hacer.

En primero de primaria, todos los profesores se reúnen conmigo porque ha insultado, sacado la lengua y dado una patada a una limpiadora del colegio. 4 de los 5 profesores opinan que el niño tiene un problema y que puede ser peligroso para sus compañeros.

 

En ese momento mi hipótesis es que Marino ha aprendido a comportarse así y que sus padres, vecinos, profesores y compañeros son parte activa en ese aprendizaje.

 

La sucesión de experiencias estresantes y el reforzamiento de las conductas no deseadas habían generado dos conflictos a resolver. Uno entre Marino y su familia, y otro entre el niño y su colegio. En estos casos pueden producirse respuestas condicionadas de estrés, reacciones involuntarias de miedo. Un niño con estas experiencias puede desarrollar ansiedad ante situaciones, objetos, tareas, personas, roles. Puede desarrollar una fobia a una institución educativa, o a un edificio escolar, por ejemplo.

Quieren que Marino cambie, que solucione su problema, que aprenda a comportarse como los demás. Marino no puede. Es un niño, no puede hacerlo sólo, no puede hacerlo desde el rechazo. No puede hacerlo súbitamente. No puede hacerlo sin fallar. No puede cambiar si los demás no cambian también.

 

Le pedimos a Marino lo que los demás no podemos hacer. Los adultos no podemos ponernos de acuerdo para poner límites, abordar la situación, poner las condiciones y ayudar a Marino, sin condicionar nuestra aceptación a su comportamiento.

 

Nos proponemos ayudarle, luego nos rendimos y le abandonamos. Una y otra vez. Un adulto tras otro. Pero Marino, en un entorno imprevisible y con 6 años de edad tiene que hacerlo. Si no es que le pasa algo.

 

Me dispuse a la tarea de cambiar la situación de Marino.

Lea más sobre mi trabajo con estos problemas.

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