19 Oct España en conflicto

Nuestro país vive en estos días momentos difíciles debido a un conflicto territorial. Este tipo de conflictos de reordenación de mapas han conllevado, a lo largo de la historia, multitud de ejemplos de barbarie y tragedia. Por ello, lo que ocurre en Cataluña, produce preocupación y suscita mucha atención por parte de los implicados directamente, que somos todos los españoles. Y aquellos que pueden verse afectados indirectamente, resto de europeos y otros.

 

Se habla de país estresado, de catástrofe, ruptura, conflicto, separación, crisis, angustia. Términos familiares para cualquier psicólogo que media y ayuda a resolver conflictos a diario, conflictos entre personas.

 

Y durante estos difíciles días, con acontecimientos excepcionales, de los que no tenemos experiencias pasadas, y que se suceden con tal rapidez, que formarse una opinión se hace complicado.

 

Uno no puede resistirse a establecer paralelismos entre los conflictos y negociaciones que lleva día a día entre personas con el conflicto político que vivimos, salvando las distancias. Curiosamente hace meses que ofrezco una documento para resolver conflictos al suscribirse a esta web.

 

En el siguiente supuesto, cualquier coincidencia con personas reales es casualidad, pues no corresponde a ninguno de mis actuales o pasados casos. Con un poco de perspicacia puede adivinarse quién es quién.

Hijo: Papá, quiero salir y entrar en casa a la hora que me dé la gana. Y necesito más dinero, yo apruebo mis asignaturas, hago mis trabajillos y algunos de mis hermanos no. Tengo derecho a más dinero porque ellos no trabajan tanto como yo. Tenemos que hablar del tema.

 

Padre: Mira Ramón, no hay nada que hablar. Tus hermanos tienes otras circunstancias y somos una familia, así que… yo también gasto menos de lo que gano. Y ahora no estamos para gastos, ni cambios, ya sabes que tu madre lo está pasando mal.

 

Ramón: Ya pero yo tengo mis derechos. Ya no soy un niño. Quiero que se reúna la familia y que me escuche para que vean que mi situación es injusta y que tiene que cambiar. Quiero tener mi independencia, hacer mi vida.

 

Padre: Ya tienes muchos derechos, ándate con ojo no sea que los pierdas. La familia no puede permitirse lo que estás pidiendo. Tienes que arrimar el hombro porque eres mayor y tus hermanos han tenido menos suerte que tú y te han ayudado cuando lo has necesitado.

 

Ramón: Yo ya estoy harto de sacrificarme por mis hermanos, estoy a punto de acabar mi Grado, estoy preparado y quiero dejar de ser un niño. Tengo derecho a más y también a marcharme de casa.

 

Padre: Marcharte, te podrás marchar, pero por tu cuenta y riesgo. Yo haré todo lo que pueda para impedirlo porque a tu madre la matas y tu abuela no te va a acoger en su casa, ya lo sabes. Si te vas te quedas solo. Con lo que ganas no vives.

 

Ramón: Pues mira, sabes lo que te digo que pienso quedarme con todo mi sueldo, y olvidaros de mi porque yo voy a ir a mi bola. No pienso cargar con mis hermanos y si tengo que romper contigo, con mamá y con la abuela. Y ten por seguro que si no llegamos a un pacto, lo hago.

 

Padre: Mira…, hijo, que no pienso hablar contigo de este asunto. La cosa tiene que esperar. Tengo otro problemas más importantes.

 

Ramón: Pues al final se lía…

 

El padre y la madre hablan en su dormitorio meses después.

 

Madre: Veo a Ramón muy enfadado, habla de un nuevo acuerdo y de poder decidir lo que hace o no hace. Ha estado hablando con la abuela para ver si ella le apoyaba, le ha dicho que no puede hacer eso pero me dice que tenemos que intentar hablar con el chico, que entre en razón y que si hace falta ceder en algo habrá que hacerlo por el bien de la familia. Que has sido muy duro con él y te has pasado, que estas cosas nunca se resuelven sólo con mano dura.

 

Padre: Pero qué es lo que quiere este niño, se podrá quejar de cómo vive. Si ni siquiera es mayor de edad, legalmente no puede irse y eso no lo voy a permitir. No voy a permitir que sus hermanos piensen que se puede abandonar a la familia que te ha ayudado a estar donde estás,  porque crees que puedes salir al mundo tu sólo sin pegártela y volver a la familia con deudas y heridas porque te las van a curar. No voy a permitir que haga las cosas por las bravas.

 

Madre: Bueno, pues lleva dos meses que no entrega el sueldo, en la cuenta hay poco dinero y ni le veo el pelo. Y cuando le veo está insoportable, anda diciendo que se va a ir de casa con o sin ayuda. No habría manera de solucionar esto sin perder a nuestro hijo y ver cómo tiene que salir adelante sólo. Mira, esta es la camiseta blanca que me voy a poner mañana, ¿te gusta?

 

Padre: Póntela si quieres, yo no estoy para ropas. Es intolerable que se permita hacer lo que le da la gana. Si sigue por ese camino me va a encontrar. Es mi hijo y no quiero hacerle sufrir. Pero para que podamos hablar tiene que estar en casa como debe estar, siguiendo las normas de casa y después veremos. Le ayudaremos a salir adelante teniendo en cuenta sus necesidades pero así no. Sólo espero que la abuela no termine por darle cobijo y fastidiarlo todo.

 

Madre: Hombre, yo creo que no. Sólo te pido que el niño no se vaya. A mi me hunde, qué voy a hacer yo sin él… Tiene que hacer su vida, sí, pero sin olvidarse de su familia, la unión que tenemos es lo más importante. Y mira si tú no puedes solucionarlo, me pasas los trastos y lo negocio yo. Porque está en un plan que ya no quiere saber nada de nosotros.

 

Padre: Tú apóyame que te digo yo que no va a ir a ningún sitio porque no puede, porque es ilegal y porque necesita que alguien de la familia le apoye, no sabe lo que cuesta vivir por su cuenta. En cuanto se dé cuenta, dará marcha atrás.

Madre: A ver si tenemos suerte. Está la familia llamando por teléfono preguntando. Y sus hermanos están enfadados entre ellos y me cuesta que no se peleen.

 

Padre: Con la familia ya he hablado yo y nadie le apoya. No, si lo hace con sus propias reglas sin tener en cuenta sus obligaciones y faltando al respeto a la familia. A él ya le he dicho que de ninguna manera, que primero vuelva a comportarse como corresponde y después hablaremos. Y de momento le he confiscado el móvil y he hablado con su jefe para que me ingrese a mi su sueldo y yo le daré lo que vaya necesitando según considere.

 

Dos semanas después la familia coincide a la hora de comer.

 

Hermano 1: Ramón, si yo fuera papá, te iba a inflar. Eres un traidor… Ojalá te pudras.

 

Ramón: Ves, papá, ¿y quieres que siga ayudando y aguantando a éste? No estoy dispuesto a que se me trate así. La semana que viene me voy de casa. Se acabó. Creo que la abuela no puede quedarse al margen cuando a mi familia no le importa mi situación, cuando mi padre me ha confiscado el sueldo sin motivo y me echa encima a mis hermanos para que me acosen.

 

Hermano 2: Pues, yo creo que hay que hablar. Es tu obligación y yo también estoy harto. Papá que lo tuyo también tiene delito… Hace unos años también hiciste tus cosillas inconfesables y mamá lo pasó fatal, acuérdate que se sentía indignada, y todavía estamos pagando deudas. Si papá no lo soluciona, yo me ofrezco a ayudar.

 

Ramón: No, yo paso. Mejor que la abuela nos pague un psicólogo que medie en este asunto. Yo prefiero alguien de fuera.

 

Padre: No hace ninguna falta que venga alguien de fuera. Ya te he dicho que cuando recapacites y vuelvas a la normalidad, hablaremos. Y ten en cuenta que hay cosas que no van a poder ser.

 

¿Qué debería hacer esta familia para salir del conflicto?

Es tan difícil y costoso en tiempo y esfuerzo formarse una opinión y tomar posición ante lo que está ocurriendo. La maraña de factores es tan numerosa que se nos hace imposible entender el lenguaje, los mensajes, o leer entre líneas para comprender. Puede que nos falte formación intelectual, costumbre de estar pendientes de estos asuntos o cultura política.

 

Es posible que esta dificultad para comprender estos procesos en los que se entretejen factores políticos, sociales, económicos, históricos, coyunturales y legales, al menos; nos conduzca a dos comportamientos que generan más estrés.

 

Por un lado, adherirnos al mensaje, a la posición del político que más nos gusta, sin tener en cuenta si es la más adecuada o no en ese momento y para ese problema; procurando no coincidir en el discurso con el supuesto contrario y exponernos a recibir la crítica de los demás, y que se convierta en un conflicto personal.

 

Y por otro, a una respuesta emocional excesiva, acudir a la ira o al chantaje emocional, que aumenta la probabilidad de mostrar conductas violentas. A una posición inmadura e irresponsable pero fácil de comprender y de escenificar.

 

Acostumbrarse a un manejo irracional de los problemas nos hace vulnerables, propicia la inadaptación; y, por tanto, propensos a la depresión y la ansiedad. Pero también nos coloca en una posición propicia para ser receptores y propagadores del delirio. Por ejemplo, del viejo discurso basado en la creación ficticia de un enemigo al que achacarle las culpas y cuya derrota traerá la desaparición de todos los males.

 

Cuando no somos capaces de entender lo que pasa y qué hacer para que deje de pasar, nos estresamos, puede prevalecer la emoción. Aparecen el miedo y la ira. En este estado, tanto los seres humanos como los animales, pueden ser peligrosos. Podemos dejar de ponderar los costes y beneficios de nuestros comportamientos y actuar en contra de nuestros intereses y necesidades básicas.

 

Además en política tendemos a pensar que el comportamiento individual o la opinión verbalizada están exentos de consecuencias. Exentos de trascendencia. Nos escondemos en la masa, en el mar de comentarios de la red, en el anonimato del voto y de nuestros círculos íntimos; la responsabilidad se reparte, se diluye y somos más fácilmente  manipulables.

 

Nuestra condición gregaria, al igual que a otros animales de manada, nos dificulta adoptar posiciones que impliquen el rechazo del grupo, así que con un poco de presión, se puede conseguir juntar a muchas personas alrededor de un discurso irracional. Ser expulsado de la manada pone en riesgo la supervivencia, de ahí la tendencia a no entrar en conflicto con sus miembros.

Nuestra cultura es todavía primitiva en lo filosófico y en lo psicológico. Intentamos entender los acontecimientos de una realidad compleja con esquemas muy simples. Aquellos que se propagan mediante el cuento y sus diversas formas. La tradición oral convertida en cine 3D.

 

Para tomar posición en un conflicto o problema, nos basta con preguntarnos de quién es la culpa. Se castiga al culpable y conflicto solucionado. Hacer esto no es entender ni resolver un conflicto. Es juzgar.

 

La ley, cuya finalidad es disuadir y castigar los comportamientos que ponen en peligro el funcionamiento de la convivencia, además de mediar entre partes. No se hizo para poner de acuerdo a las personas, se hizo para cuando no se ponían de acuerdo. Y para ponerse de acuerdo no hace falta juzgar sino conciliar los intereses de las partes.

 

Llegar a la conclusión personal de quién es el malo de la película aporta muy poco.

 

Parecemos tener también una necesidad imperiosa de que el otro esté de acuerdo con nosotros. Como si nuestra idea utópica de mundo perfecto se viniera abajo si hay lugar para otras posiciones. Cuando expresamos nuestras opiniones no nos es suficiente con poder hacerlo o que se nos escuche, además queremos que nos den la razón.

 

Tener la razón, otro motor de nuestras conversaciones. Parece que cuando se tiene o se cree tener la razón en un asunto, el otro está obligado a dárnosla. Si no nos la da, hay un abanico de conductas que todos conocemos. Después cuando nos dan la razón, puede ocurrir que nos parezca que el premio no se corresponde con el esfuerzo;  y podemos llegar a exigir la humillación del otro y que nos dé la razón tantas veces como sea necesario para intentar apagar nuestra indignación ante semejante afrenta.

 

Menos mal que hay ley para poner límite a nuestra peligrosidad, a nuestra irracionalidad. La ley, justa y dinámica, es la única garantía de protección.

 

Los seres humanos vamos por ahí diciendo que nuestro cerebro es la máquina más perfecta del universo, la última frontera, la cúspide de la evolución. Nos convendría ajustar la idea de lo que somos sin sobrestimarnos. Y recordar que somos una especie más del planeta tierra que sobrevive gracias a la asociación y la cooperación con otros; pero muy capaz de perder el sentido común, de engañarse a sí mismo, de ser engañado y de convertirse en un peligro para él y para sus semejantes. Que debería conocer y respetar sus límites y en qué circunstancias se comporta de forma destructiva y en cuáles de forma proactiva.

Con todo el respeto, creo que a los españoles nos convendría trabajar sobre varias cuestiones:

 

Valorarnos más, no somos diferentes a otros humanos y nuestro país no es peor que otros, tampoco somos más que nadie.

 

Aprender a cerrar los conflictos y avanzar hacia el futuro. Para terminar de superarlos hay que reconocer y perdonar.

 

Gastar menos esfuerzos en quejarnos y en eludir responsabilidades, y asegurarnos de mejorar nuestro Sistema Educativo para mantener e incluso aumentar nuestras oportunidades de bienestar.

 

Aprender a desempeñar nuestro papel en la democracia de forma responsable.

En cuanto a qué ocurrirá estos próximos días o meses en España respecto al proceso independentista en Cataluña. Mi deseo es que los catalanes sigan formando parte de mi país porque les aprecio como conciudadanos, valoro su aportación y su empuje. Creo firmemente que para que la gente ponga en riesgo lo que tiene, hay que hacer promesas muy exageradas, como en este caso, unas promesas que no tienen cabida fuera del marco de la Unión. Y por tanto, es irresponsable empujan a la gente a algo sin sentido, de esos sin sentidos que si no se detienen acaban en tragedia. Porque nuestros buenos deseos no tienen preferencia sobre la sin razón y la barbarie. Debemos tener cuidado.

Foto: Mariano Rajoy, Presidente del Gobierno de España. Carles Puigdemont, President de la Generalitat de Catalunya.

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