Hijos en el extranjero. Riesgos y protecciones.

Es cada vez más común enviar a los hijos al extranjero a estudiar o para practicar otro idioma, preferentemente el inglés. En estas fechas vuelven a casa por Navidad. Pero, me da la impresión de que nos estamos incorporando a ello con facilidad pero nos estamos olvidando de aprender a hacerlo, de aprender a minimizar riesgos y maximizar frutos. En este artículo aporto algunas reflexiones y propuestas para abordar este asunto que estará cada vez más presente en nuestras vidas.

SUPUESTO 3: Niño o joven no emancipado en viaje de estudios o trabajo.

 

Mientras que en el primer supuesto, el adulto abandonaba temporalmente el hogar familiar para trabajar en otro territorio (1), distinto al habitual. Y en el segundo, era la familia al completo (2) la que se trasladaba. En este supuesto, la familia envía a uno de sus hijos al extranjero para mejorar el segundo idioma. En este caso, generalmente los padres planifican, animan y a veces obligan a sus hijos a viajar. Esto implica un alto grado de responsabilidad y entraña dificultades específicas que intentaré desgranar a continuación.

La oferta comienza a partir de los 8 años. Muchos niños de primaria están realizando campamentos en el extranjero o conviviendo con una familia de acogida. Que se ofrezcan estos productos a partir de esa edad y no antes indica que alguna limitación de edad debe existir.

 

Como siempre que se pone un límite así, una línea divisoria entre personas, en este caso por razón de edad. Este límite es orientativo y en modo alguno pueden tomarse decisiones única y exclusivamente atendiendo a este criterio.

 

No todos los niños de 8 años estarán suficientemente preparados para afrontar un cambio de esas características. Es más, me atrevo a decir que ningún niño de 8 años necesita una experiencia tan atípica para aprender inglés. Bien puede prepararse mediante los estudios ordinarios en su centro y quizá, en todo caso, algún campamento corto de verano, no lejos de su lugar de residencia habitual. Las salidas al extranjero pueden esperar. Esto no pondrá en riesgo la meta final de manejar con soltura un segundo idioma.

 

A veces queremos dotar de muchos conocimientos y experiencias a nuestros hijos, el segundo idioma ya casi se ha quedado obsoleto, ya vamos por el tercero. Tantos conocimientos requieren tiempo y parece que hemos decidido empezar antes para ganar ese tiempo. Esta estrategia mal llevada puede ser desastrosa, no por empezar antes se saca más partido. Puede ser al contrario, empezar demasiado pronto puede frenar, hacer retroceder e incluso inhabilitar.

¿Cómo podemos saber si nuestros hijos están preparados?

En mi opinión existen dos criterios centrales a la hora de valorar esta cuestión. Autonomía y miedo.

 

Decimos que alguien es autónomo cuando puede valerse por sí mismo hasta donde le permite su edad o el momento del desarrollo en el que se encuentra. Ser autónomo es ser capaz de resolver los problemas que puedan aparecer en la situación en los que aparecen, cada uno en función de sus posibilidades y limitaciones.

 

Debemos exponer a nuestros hijos a problemas que puedan solucionar, favorecer el éxito y no el fracaso. Y cuidar nuestro criterio de qué es lo que pueden y no pueden hacer. Un criterio distorsionado favorece los extremos, nos hará más proclives a exigir demasiado o a sobreproteger.

 

Un niño de 10 años  no tiene por qué ser capaz de tomar un transporte público para llegar a una comisaría y poner una denuncia o informar de que se ha perdido. Pero sí es necesario que sea capaz de hacer una llamada a su familia de acogida o contar el problema a la persona adecuada.

 

La autonomía puede comenzarse a trabajar con el niño desde muy temprana edad. Desde que se sienta puede aprender a jugar solo, además de jugar con un adulto o un igual, por ejemplo.

 

Los hábitos básicos como asearse, vestirse o dormir solo. U otros como ir solo al colegio, hacer los deberes solo, comunicarse con normalidad o tener buenos amigos son aprendizajes que indican autonomía y madurez.

 

A mayor autonomía mayores posibilidades de aprovechar una inversión como la que nos ocupa. A menor autonomía más riesgos.

 

Otro indicador es el miedo. Suelo decir que todo humano, al igual que debe aprender a andar, debe entender e integrar el miedo como uno de los pasos imprescindibles para un desarrollo madurativo adecuado.

 

Los miedos que se tienen en casa se multiplican con facilidad cuando se está lejos. A menor edad más riesgo de verse superado.

No puedo dejar de saludar y mandar mucho ánimo a mi cliente C., que se encuentra ahora en Inglaterra, pasando unos meses para mejorar su inglés. Intentando encontrar un trabajo, afrontando las dificultades y disfrutando de una experiencia enriquecedora como pocas en su vida hasta ahora. Hemos estado trabajando el miedo y preparándole para esta estancia lejos de casa. El seguimiento por videoconferencia, una vez más, creo que se ha revelado como fundamental. Tengo mucha confianza en su fuerza y su capacidad. ¡Ánimo C.! ¡

Circunstancias diferentes viven los más mayores, jóvenes que no recibirán tantas atenciones por parte de las familias de acogida y que incluso deberán vivir en residencias o pisos compartidos donde deberán satisfacerse por sí mismos las necesidades, lo cual requiere un mayor grado de autonomía. O que se trasladan a estudiar en colegios y universidades donde a los retos del traslado y del acomodamiento, se unen los retos académicos.

 

Estudiar en el extranjero es un proceso que requiere gran inversión, preparación y la realización de múltiples gestiones. (3) No es rentable ponerlo en riesgo, añadir un breve asesoramiento psicológico al proceso, hará más fiable y eficiente la inversión.

 

En estos casos existe riesgo de desajuste en los hábitos alimentarios que por sí mismo puede generar un problema psicológico importante. O en los hábitos de sueño que pueden poner en riesgo la consecución de los objetivos que se han ido a conseguir.

 

Comer y dormir bien, integrarse adecuadamente en los grupos e ir consiguiendo pequeños objetivos son claves para una estancia fructífera.

 

Cuidar de los aspectos básicos del viaje, ya mencionados en los artículos anteriores, como las condiciones del lugar de acogida, la información previa, mantener un contacto adecuado para la supervisión de la marcha del viaje.

 

Preparar otros aspectos psicológicos puede ser también muy importante. Entender antes de viajar que es probable que haya momentos en los que uno se sienta solo o desvalido ante un problema y que forman parte del proceso normal de adaptación. Que esas vivencias se tienen también en casa, por tanto quizá no sean situaciones tan nuevas y perturbadoras. Que puede que el problema no sea tan crucial y que siempre está la posibilidad de llamar a casa y recibir apoyo.

Mi objetivo con estos artículos no es dar unas pautas inequívocas que puedan servir a cualquier familia a afrontar una situación así. Sino, sobre todo, llamar la atención sobre la trascendencia de estas decisiones, de la necesidad de atender a una estrategia planificada para minimizar los riesgos, prevenir y compensar posibles consecuencias nocivas.

 

Si no está seguro de poder valorar adecuadamente la idoneidad de uno de estos viajes para su hijo. Si su hijo se encuentra en apuros en el extranjero. Póngase en contacto con su psicólogo de confianza. Si no lo tiene o no recibe la respuesta que necesita, contacte con Psicotel. Tengo amplia experiencia, le asesoraré y si es necesario hablaré con su hijo en el extranjero para valorar su situación y proponer una actuación acorde a sus necesidades.

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