20 Abr Qué hacer el día de la notas

El trabajo con niños y adolescentes ha sido clave en mi vida. Comencé como educador, en Junio hará 26 años, antes de terminar mi licenciatura en Psicología. Aprendí aquello que no se enseñaba en la aulas. Cómo educar con una metodología científica. Cómo cambiar a las personas. Cómo optimizar la posibilidades de crecimiento y maduración de un niño en función de los recursos disponibles. Cómo vencer la resistencia al cambio. Cómo moldear el comportamiento.

Un blog no es el medio adecuado para aconsejar qué hacer ante las dificultades con nuestros hijos. Por ello mi pretensión es hacer reflexionar y aportar alguna idea o procedimiento que sea útil a toda persona que se acerque por aquí. Estudiar y mejorar la vida de niños y adultos requiere adaptarse a cada caso.

 

No es lo mismo preparase para ser padre y aprender cómo educar y prevenir problemas que tener un problema de años de recorrido. Ni un blog, ni un libro de autoayuda puede sustituir a un psicólogo estudiando y cambiando las circunstancias particulares de una familia o de una persona.

 

Utilizar un procedimiento o técnica psicológica sin la preparación adecuada en problemas susceptibles de atención psicológica especializada, no tiene por qué funcionar. Solucionar un problema de este tipo no puede hacerse sumando trucos de aquí y de allá. Actúe con responsabilidad.

Padre: ¿Tú crees que con estas notas vamos a algún sitio…? ¿Qué piensas hacer? ¿No te das cuenta de que te estás jugando tu futuro?

Hijo: Déjame en paz…

Padre: ¡Ah! que te deje en paz… No…, si “dejao” estás, pero de la mano de Dios. Pero vamos, ya te digo que no vuelves a salir en tu vida y no te pienso dar un duro. Me tienes harto. Vas a acabar con la familia. ¿Qué piensas hacer?

Hijo: ¡Que me dejes! Saldré cuando me dé la gana y ya me buscaré la vida para mis gastos…

Padre: Ya…, qué poca vergüenza tienes…, además de ser un pobre desgraciado sin estudios, te vas a meter en algún lío gordo que nos va a costar un disgusto. Al final nos va a dar un infarto a alguno.

Hijo: Sí, pues eso, a ver si os morís todos de una vez o mejor, me muero yo y así se acaban los problemas.

Padre: No digas tonterías, ¡lo que nos faltaba.! No tienes “ No tienes los que hay que tener” para sacar lo tuyo palante. Y nosotros matándonos a trabajar. A ver si viene tu madre y puede hacer algo contigo, porque yo paso, ¡no puedo más! ¿Que te quieres estrellar? Estréllate, pero a mi luego no vengas diciendo que no te lo dije.

Hijo: Que te den…

Padre: ¡A mi no me digas eso! ¡eh! Ahora mismo te daba una somanta de palos. Mira, ahí llega tu madre. Haz el favor de comportarte con ella que es tu madre. No me hagas intervenir a mi.

Hijo: ¿Qué crees que le voy a hacer? Al menos ella me entiende más. No como tú…

Padre: Mira, paso…, no tienes remedio.

Hijo: No.

Madre: ¿Qué os pasa?

Padre: Éste…, otra vez suspensos. ¡Y no entra en razón!. Oye, es que no entra en razón…

Madre: Vaya… Papá, “porfa”, ¿puedes sacar los filetes de la nevera y pelar una patatas para cenar? Voy enseguida, que vengo acalorada y necesito una ducha.

Padre: Vale, voy haciendo la cena mientras te duchas. Pero, dile algo a éste, algo tendremos que hacer…

Hijo: Yo “sudo” de cenar, no tengo hambre.

Madre: ¿Qué pasa, cariño? ¿Cómo estás?

Hijo: De los nervios, no lo soporto, me pone a cien. No quiero hablar mamá, no empieces tú ahora.

Madre: Bueno, hacemos una cosa. Me ducho, cenamos algo y salimos tú y yo a dar un paseo y a tomar algo.

Hijo: Vale, pero que no venga él.

Madre: Venga, de acuerdo.

Después de cenar, madre e hijo salen de casa. Y mientras pasean…

Madre: ¿De qué quieres que hablemos para empezar?

Hijo: No sé mamá… En realidad no quiero hablar de nada.

Madre: Ya, lo entiendo, no son momentos buenos, cuando se suspende.

Hijo: Un día de estos me voy de casa, no aguanto a Papá y sus gritos.

Madre: Es cierto que cuando se pone así es muy desagradable, pero te quiere mucho aunque su formas, a veces no son buenas. Parece que tenemos dos problemas, tu situación académica y el comportamiento de tu padre a la hora de resolver estas cosas.

Hijo: Dos problemas sin solución.

Madre: En los peores momentos, es normal no ver soluciones porque estamos dolidos por el fracaso y en este caso por la discusión con tu padre. Pero una vez que se pasa ese peor momento todos sentimos la necesidad de intentar mejorar y conseguir nuestras metas.

Hijo: Ya, pero es que lo mío no tiene remedio. Hay asignaturas que no me entran.

Madre: ¡Cómo no va a tener remedio! Lo que pasa es que son problemas que no se solucionan en un momento, tiene que ser un proceso, tan largo como sea necesario para resolverlo. Tú eres inteligente, no hay ninguna razón para pensar que no puedes aprobar tus asignaturas. Se trata de jugar al juego con las reglas del juego. Ya sabes, lo hemos hablado más veces. ¿Te acuerdas cuando suspendiste la primera vez?

Hijo: Casi no… pero sí.

Madre: Pensabas que no ibas a pasar de curso, y aquí estás, en 3º de la ESO.

Hijo: Ya pero ahora es más difícil.

Madre: Sí, pero ahora eres más inteligente y más maduro. Escucha, vamos a hacer una cosa. Tú piensas en cómo resolver el problema académico. Después lo vemos juntos. Ya sabes, respondiendo a las preguntas:

 

– ¿Qué ha pasado?

– ¿Qué quiero yo?

– ¿Qué hacer?

– ¿Cómo lo hago?

– Inconvenientes principales.

 

Y yo me encargo de hablar con Papá para que se tranquilice mientras nosotros hacemos ese plan y lo llevamos a cabo.

Hijo: Vale, Mamá, pero no sé si lo conseguiré…

Madre: Si lo intentamos y lo conseguimos será perfecto. Si lo intentamos y no lo conseguimos, al menos lo habremos intentado. Y si no nos rendimos, al final habrá merecido la pena. Porque si juegas al juego con las reglas del juego puedes perder pero terminas ganando y siendo un experto en el juego. ¿Qué quieres tomar? ¿Un limón?

Hijo: Sí.

Ésta es una conversación que pudiera darse ante unos malos resultados académicos. Aunque no necesariamente. Este tipo de conversaciones pueden iniciarse, desarrollarse y terminar de multitud de formas diferentes.

 

No debe pensarse que reproducir exactamente las palabras de la madre darán como resultado las respuestas del hijo.

 

Lo que pretendo es sacar alguna conclusión que sí pueda generalizarse y ser útil en la mayoría de este tipo de conversaciones. Por ejemplo, la relación de ayuda como alternativa para educar a nuestros hijos, el correcto manejo del comportamiento y de la comunicación, así como la planificación  y el seguimiento de los cambios serían alternativas adecuadas para abordar este tipo de problemas con nuestros hijos.

1ª.  Los hijos necesitan apoyo.

 

El día que vienen la notas hay que hablar, aunque podría darse el caso de ser preferible esperar y hablar otro día; pero la relación de ayuda, el acompañamiento y asesoramiento debe permanecer hasta que se resuelve el problema. Si la madre no continua hacia el siguiente paso que es realizar un plan, el problema, probablemente continuará. Uno de los aspectos más complicados de obtener el éxito a partir del fracaso,  es mantener el trabajo y ánimo durante el proceso. Levantarse de las caídas es más fácil si no se está solo. Además de los inconvenientes inesperados que pueden aparecer, tanto para los padres como para el hijo es difícil mantener el interés en el asunto. Dos semanas después, las notas están muy lejos y las siguientes notas también.

Parece una obviedad, pero todos los menores a cargo necesitan atención y apoyo. Mayor o menor, más o menos especializado, para afrontar su formación académica.

2ª. Planificar es importante.

 

Las preguntas:

– ¿Qué ha pasado?

– ¿Qué quiero yo?

– ¿Qué hacer?

– ¿Cómo lo hago?

 

Constituyen un sencillo procedimiento para resolver problemas. Aplicable a todo tipo de personas, situaciones y ámbitos de actividad.

Respondiendo a estas preguntas analizamos los hechos y circunstancias  ocurridas, nuestras necesidades, nuestros objetivos y la forma de conseguirlos.

Planificar, ayuda a clarificar la forma de resolver pero también ayuda a salir antes del momento de fracaso. Ponerse en marcha es la mejor opción.

 3ª. Jugar con las reglas del juego.

 

La relación de ayuda en situaciones de conflicto tiene sus reglas. Son, fundamentalmente, las leyes de la comunicación y las de la conducta. Las comunicaciones de los padres y del hijo se retroalimentan unas a las otras. Las comunicaciones de tipo agresivo del hijo se dan con mayor probabilidad ante las comunicaciones del padre que ante las de la madre.

No es el momento para extenderse en cómo comunicarse correctamente con nuestros hijos pero podemos partir de una idea muy sencilla. Decimos a nuestros hijos cosas que no diríamos a otras personas porque supondrían una falta de respeto. Hay normas de urbanidad y de buena educación que no han inventado los libros de autoayuda o los modelos psicológicos. Enjuiciamos demasiado y somos poco constructivos con los problemas de nuestros hijos. Y quizá eso se deba al exceso de miedo a que las cosas nos salgan mal.

 

* Foto: “Matar a un ruiseñor“, Robert Mulligan y Alan J. Pakula. Universal Studios, 1962.

Lea más sobre mi trabajo con estos problemas.

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