23 May ¿Por qué no tengo ganas de nada?

  • No es el estudio, ni es el deporte, ni es cualquier meta que me ponga, es que no… no tengo ganas de nada.

  • ¡No tienes ganas de nada!

  • Estoy muerto, estoy muerto y…

  • Eso no es así…

  • En fin, me río por no llorar, hoy estoy…

  • Lo que sientes ahora es producto de lo que has hecho antes de llegar aquí. Ahora estás en el momento fracaso, no has conseguido tus objetivos. Si miras la situación es lógico que ahora te sientas mal. No he llegado a la playa porque no he nadado…

  • Pero estoy con el agua al cuello y llevo así siempre, desde que recuerdo…

  • Siempre no…

  • Antes iba a clase y atendía un poco, pero en casa… nada.

  • No siempre te he visto así…

  • Tengo muy mala memoria y eso me da mucha rabia…

  • Estás tragando agua…

  • Por más que lo intento, no tengo ganas de nada.

  • Mientras esperas las ganas de estudiar, no te das cuenta de que la ganas vendrán estudiando.

 

Esta es una situación en la que todos nos hemos visto. Ya sea en los ámbitos académico, laboral o personal. ¿Quién no ha sentido desgana alguna vez? ¿Incluso antes de realizar nuestra actividad de ocio preferida? ¿Quién no ha dejado de hacer algo por falta de ganas?

Nos encontramos con un modelo teórico que deposita el logro de unos objetivos, o demandas del entorno, en una emoción que parece no estar bajo el control del sujeto. Éste, se encuentra a merced de una respuesta emocional, que parece operar por su cuenta. Bloquea la conducta y por tanto aboca al fracaso.

Si nos fijamos en el ejemplo, el cliente se encuentra en una situación en la que quiere responder a una demanda de su entorno, aprobar sus asignaturas. El factor clave para conseguirlo parece estar situado en una emoción llamada “gana/desgana”. En presencia de la “desgana”, la conducta necesaria para satisfacer la demanda, estudiar, no es posible. La conducta se encuentra, supuestamente, bloqueada.

Pero, ¿De dónde viene esta forma de pensar? ¿Está la conducta de estudio determinada por la emoción de gana/desgana? ¿Este proceso funciona así? ¿Podría ser que funcionara de otra manera?

Ni que decir tiene que esta forma de funcionar de mi cliente no es invento suyo, sino que está presente en su entorno, en la cultura en la que está inmerso. Suelo decir que en nuestra cultura hay mucho mito y poca ciencia. Pero también es cierto que hay mucha sabiduría que podemos aprovechar.

 

Después del texto transcrito al comienzo de este artículo, continuamos hablando del tema y le sugerí que recordara el refrán que dice: “El comer es como el rascar, no tienes más que empezar”. Haciéndole ver que las ganas son cambiantes y no tienen por qué indicar unos supuestos verdaderos deseos íntimos que hay que seguir como guía para comportarse.

 

Intenté explicarle que la emoción que sentía era otra conducta que se había condicionado ante el estímulo “examen” y que se había reforzado, porque en experiencias anteriores la consecuencia había sido placentera, ver videos en youtube, por ejemplo. Si cambiaba su experiencia, estudiando y obteniendo mejores resultados, la emoción cambiaría.

Si buscamos explicaciones buceando en la Psicología. Los primeros psicólogos científicos como Pavlov, que era biólogo, estudiaron conductas reflejas innatas, desde un modelo en el que la respuesta se producía como consecuencia del estímulo de manera directa, sin intermediarios. El estudio del estímulo explicaría la conducta. Querían demostrar que todo acto era reflejo.

En nuestro ejemplo, el cliente estudiaría si el estímulo “examen” tiene la propiedad, por sí mismo, de conseguirlo. No es una idea desdeñable, pues la elección de los estímulos es importante para la provocación de la respuesta. Cuanto más atractivo sea el contenido a estudiar más probabilidad.

 

Pero “estudiar” es una conducta compleja aprendida,  no es un reflejo innato. Como el reflejo palpebral, que se produce de forma involuntaria cuando un Estímulo/Objeto se acerca al ojo, y el párpado desciende para cubrirlo y protegerlo. “Estudiar” es una conducta aprendida compleja formada por otras que no se produce de forma refleja sino determinada por la experiencia.

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Los primeros conductistas, en la década de 1920, habían propuesto prescindir de las variables del organismo para explicar la Conducta. Había actos reflejos y actos aprendidos. Según éstos, no era necesario acudir a instancias interiores como la conciencia, el carácter, el rasgo de personalidad o la inteligencia para explicar y predecir el comportamiento. Tal como se acudía en corrientes como el Psicoanálisis y la Psicometría.

 

A mediados de los años 30, autores como Edward Tolman propusieron un nuevo modelo en el que se incluían lo que llamaron “variables intervinientes” para explicar la conducta. Son variables del organismo, vuelven para quedarse. Constructos hipotéticos, es decir, conceptos de los que se supone su existencia a partir de operaciones observables a las que se asocia. Conceptos como la actitud, el temperamento, las necesidades, los estados fisiológicos, las representaciones mentales y otros, entran en juego.

Pretendiendo mejorar el modelo anterior, se consigue complicar la comprensión del comportamiento, con estas nuevas variables de difícil medición y control. Al final, los sujetos terminan teniendo mejor o peor actitud, temperamento, etc. Clasifica pero explica poco, más allá de aquello de que “cada uno es diferente”.

 

No obstante, los modelos organísmicos continúan vigentes. ¿A quién no le han pasado un test de inteligencia o de Personalidad? Quizá porque la Psicología se hace para la gente, es un producto de consumo. Y a veces no se opta por modelos más efectivos, sino por modelos que encajen mejor con lo que el cliente demanda, espera encontrar o va a comprar más fácilmente. O quizá porque los científicos tienden a defender modelos que encajen con su bagaje cultural. Y este modelo encaja perfectamente en nuestra cultura de mente-cuerpo.

Según este modelo, tendría que haber realizado una evaluación para encontrar el tipo de temperamento de mi cliente, enseñarle qué características lo definen, que es genético y no se puede cambiar, pero su carácter sí. O bien medir su inteligencia, su percepción y su memoria para encontrar fallos y rehabilitarlos.

Unos años más tarde, en 1938, Burrhus F. Skinner, en su libro “La conducta de los organismos”, define lo que será su trabajo para conseguir una teoría de la conducta que explicara ésta, desde los presupuestos científicos más exigentes. Opta por un lenguaje observacional y no teórico. La ciencia comienza con la observación y no con la deducción. Busca explicar, predecir y controlar la conducta, un modelo teórico y una metodología útiles, tan exigentes en lo científico como la Física.

 

Skinner trabajó mucho, desarrolló lo que se proponía, pero también tuvo detractores. Sus tesis eran demasiado rompedoras para la tradición piscoanalítica y constructivista en Europa. Muchos profesionales de la Psicología, de la Educación y de la Salud de hoy, consideran al modelo conductista de Skinner como incompleto o desconocido, mientras utilizan y recomiendan métodos desarrollados por Skinner, como los Programas de Reforzamiento.

 

Básicamente, Skinner dijo que es suficiente con estudiar lo que ocurre antes y después. La conducta se condicionará a lo que ocurra antes, Situación/Estímulo, dependiendo de lo que ocurra después, consecuente. Si después de una conducta conseguimos una consecuencia reforzante, aumentará la probabilidad de que aparezca la conducta cuando se presente la situación/estímulo.

 

El sujeto aprenderá a anticipar, a tener una expectativa o experiencia anticipada de que si ante un estímulo, produce la Respuesta/Conducta, ésta se verá seguida de una consecuencia determinada. La emoción es la forma más primaria de grabar esa expectativa. Ante un estímulo sabes qué consecuencia tendrá tu conducta porque sientes una emoción, que también es una Respuesta/Conducta, parecida a la que provocará la consecuencia, de acuerdo a experiencias anteriores.

En nuestro ejemplo, ante el Estímulo “examen”, el cliente no ha estudiado y la consecuencia ha sido el suspenso continuado, que ha supuesto una experiencia dolorosa. De forma natural, tendemos a evitar el dolor. La emoción de desgana, es la experiencia anticipada, y se ha ido condicionando porque le han seguido dos consecuencias placenteras, el alivio por no estudiar y el placer que producen sus videos favoritos en Youtube.

Si se quiere reducir la emoción/conducta “desgana”, habrá que retirar el consecuente placentero. Centrarse en la conducta “estudio”, independientemente de la desgana y esperar la mejora de los resultados que constituirán el reforzamiento, el aumento de la probabilidad de que estudie.

 

Mediante este modelo llamado Condicionamiento Operante de Skinner, se dispone de una forma sencilla de controlar el proceso de aprendizaje de la Conducta. La dificultad, radica en aplicarlo en contextos en los que Estímulos, Conductas y Consecuencias aparecen en grandes cantidades y con múltiples relaciones entre ellas. Intervenir en diferentes contextos suele requerir especialización, experiencia acumulada y conocimientos específicos de cada contexto.

 

No es lo mismo aplicar este modelo para un concurso de adiestramiento de perros que aplicarlo en un aula escolar o en un equipo de natación sincronizada. Pero se ha implementado en todo tipo de contextos con un éxito mayor que cualquier otro modelo

No fue fácil convencer a mi cliente de que cambiar su situación académica no pasaba por esperar a tener ganas, ya que eso estaba reforzando y por tanto perpetuando su situación. Pero cuando entendió lo que significaba la frase, “mientras esperas las ganas no te das cuenta de que las ganas vendrán estudiando”, y comenzó a dar pasos hacia adelante. Cada paso reforzaba el anterior y hacía más probable el siguiente. Todavía está por ver qué ocurrirá, finalmente, con este estudiante. Tengo confianza en él y en sus muchas posibilidades.

Por ello desde aquí, a los que busquen respuestas para su apatía… Cuánto menos haces menos quieres. Y mientras esperas las ganas de actuar, no te das cuenta de que las ganas vendrán actuando.

– Imagen: Fotograma de la película “Dead Poets Society”, “El club de los poetas muertos” de Peter Weir, 1989.

– Enlaces y referencias bibliográficas:

– Tolman, E. C. (1932). “Purposive behavior in animals and men”. New York: Century.

– Tolman, E. C. (1938). “The determinants of behavior at a choice point”. Psychological Review 45: 1–41. doi:10.1037/h0062733.

– Skinner, B.F. (1938). “La conducta de los organismos. Ed. Proquest.

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3 Comments
  • Nicolás del Moral
    Posted at 00:07h, 26 mayo Responder

    Simplemente magistral. Qué grandes verdades, que deberían ser explicadas y difundidas en los colegios y la sociedad.
    ¡Mil gracias por compartirlo!

  • Xavier Benitez Marco
    Posted at 19:46h, 17 julio Responder

    Parece una posición muy clara, pero me pregunto como puedes hacer que un paciente quiera actuar,
    Me refiero por ejemplo, la situacion ante una depresión, sabemos que el deporte va bien, pero como movilizarlos,
    ¿La unica respuesta es la insistencia por parte del psicologo?
    Saludos

    • J.A:E. Psicotel
      Posted at 15:35h, 18 julio Responder

      Gracias por comentar, Xavier. Lo que llamas insistencia suele ser importante. Un psicólogo maneja, además, las llamadas habilidades del terapeuta. Su especialidad es cambiar el comportamiento de las personas y desarrolla una estrategia para conseguirlo. Tiene que saber posicionarse y actuar correctamente en cada momento del proceso de cambio. Hay momentos que hay que insistir y momento en los que no. El psicólogo acompaña al cliente durante el proceso, integrando una gran cantidad de factores para extraer la respuesta adecuada en cada momento y para cada persona.

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