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No me concentro…

Fotograma de la Película School of Rock. Scott Rudin Productions. 2003.

¿Cómo nos explicamos a nosotros mismos las causas de nuestros fracasos? ¿Cómo nos explicamos las dificultades escolares de nuestros hijos? ¿Cómo se lo explican ellos? ¿Es útil nuestro método de buscar las causas de nuestros actos? ¿Qué hacer? ¿Cómo entender lo que está pasando? ¿Cómo ayudar a nuestros hijos? Acompáñame y veámoslo en un par de artículos.

Año 1965
– Don Raúl, ¿Por qué no estudia este niño?
– Es bastante vago y se junta con malas compañías. Lo que necesita es mano dura.
– Ya verás cuando se entere tu padre…

Año 2018
– Oye Raúl, ¿Por qué no estudia este niño?
– Le cuesta concentrarse y tiene dificultades de relación. Lo que necesita es un tratamiento.
– Habrá que ir al médico.

Hemos avanzado. El discurso del profesor actual es más amable. Ahora se entiende que el niño tiene algún tipo de dificultad en vez de estar cometiendo un pecado capital. Y que necesita ayuda en vez de maltrato. Un gran adelanto, sin duda, para evitar efectos indeseados de la violencia como herramienta educativa.

Pero, ¿hemos avanzado en cuanto al conocimiento y control de las causas del comportamiento, con el fin de mejorar el bienestar y el desarrollo de personas y procesos?

En el primer ejemplo la causa se sitúa en una condición del individuo, en una característica de su “ser“. Si aceptamos esta teoría, estaríamos aceptando la existencia de algo en el interior del niño que corresponde, inequívocamente, a la vagancia. Algo con entidad física y límites definidos; con capacidad para operar en el mundo físico.

En ese caso estaríamos creando un constructo, convirtiendo una idea en una cosa. Porque a la hora de intentar modificar la causa, la vagancia, para cambiar el efecto, no estudiar; no encontramos nada dentro del niño que podamos llamar vagancia para modificarla y cambiar su efecto, no estudiar.

Llegados a este punto y en el mejor de los casos, el callejón sin salida se resolvía con un “no todo el mundo vale para estudiar“, “como él no quiera no hay nada que hacer“, “el que es vago es vago“. Lo estoy contando como algo del pasado pero se puede oír hoy mismo sin esfuerzo. En el peor de los casos, la vagancia solo se hacía accesible y se modificaba a través del tormento.

Deberíamos suponer que después todo el desarrollo y de los avances en todos los ámbitos durante los 50 años que separan un ejemplo de otro, habríamos superado las explicaciones circulares basadas en constructos. Bucles del tipo no estudia porque es vago y es vago porque no estudia.

En el segundo ejemplo, el efecto que se quiere modificar es el mismo pero la causa ha cambiado, ya no es la vagancia, es la concentración o atención. Una pretendida función del cerebro. Es aquello que suponemos que ocurre dentro de la persona cuando la vemos realizando una tarea durante un tiempo que consideramos elevado, sin distraerse.

Pero la concentración no la encontramos, ni la vemos en ningún lugar, ni a través de ninguna tecnología. Por tanto no podemos modificarla. Para salir del callejón sin salida, introducimos otro constructo, el Trastorno. Llámese mental, neurológico, psicológico, neuro-psicológico. El niño no estudia porque no se concentra, no se concentra porque tiene un trastorno. Y así sucesivamente en un bucle que da con el niño medicado durante años, estigmatizado con un trastorno crónico porque al no poder modificar la causa, seguimos sin resolver el problema.

Los dos ejemplos reproducen un mismo patrón de comprensión, heredado de épocas ya muy lejanas. Cuando las explicaciones del comportamiento y de otras realidades no acudían a métodos científicos y racionales.

Entonces, ¿por qué los chavales acuden a la misma explicación? Porque ningún niño es capaz de inventar una explicación innovadora por sí mismo, repetirá lo que oye en su entorno. Los niños de hoy utilizan las dos fórmulas: “Soy vago” y “no me concentro“, además de “me aburre” o “no sé hacerlo“, entre otras.

Para avanzar en nuestro conocimiento y en el manejo del comportamiento y de sus causas. Para mejorar nuestra intervención educativa. Debemos abandonar, en lo posible, estas explicaciones pre-científicas heredadas e incorporar teorías y métodos de la Psicología Conductual.

Fomentemos, en nuestra sociedad, un método de contraste de ideas para llegar a acuerdos. Basado en las reglas del razonamiento lógico. Busquemos la argumentación razonada y la demostración empírica. Abandonemos la obstinación partidista, la falacia como argumento (1). Podemos fomentarlo en el sistema educativo para que las nuevas generaciones provoquen el cambio. Premiarlo a aquellos adultos que respetan esas reglas y no premiarlo a aquellos que no lo hacen.

Referencias y enlaces

Diálogo ficticio cualquier parecido con su experiencia es pura coincidencia.

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